Opinión

Aquellos maravillosos profes

por Jon López

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Opinión

Aquellos maravillosos profes

por Jon López

Pues como venía diciendo; doce años metido en escuela de pago. Bueno, más feo es robar, oye. Doce años que transcurrieron entre el 1988 y 2000, lo que nos deja un paso muy amplio por aquellas escuelas de la década de los 90 y sus maravillosos profesores, algunos, de muy pero que muy dudosa formación. Los más jóvenes ya no os acordaréis, pero a los nacidos en los años 80 esta ‘entrada’ os traerá maravillosos recuerdos (guiño, guiño).

No vamos a entrar al debate de ‘público’ o ‘privado’, al igual que no entraremos a discutir si Messi o Ronaldo, pero vamos a hacer un ‘remember’ bajo las vivencias de un humilde servidor. Pongámonos en situación:

Narón (A Coruña). Corría una calurosa mañana de otoño de 1986 cuando mi madre se disponía a traer al mundo al primogénito de sus hijos… Perdón, se me va, no tan atrás.

Ibas al colegio con la misma idea que todo chaval en el Siglo XXI ; que llegue el recreo, que no venga el profesor de matemáticas porque pillara una gripe de campeonato y que en educación física (quedaros con esto, que volveremos a ello…) te dejaran jugar a fútbol y a las niñas al brillé. Y así pasaban los días. No es de extrañar teniendo en cuenta con los especímenes que había que lidiar durante unas cuantas horas a la semana.

Tenías a primera hora clase con tu tutora, esa señora tan agradable de unos 60 años que se compraba los anillos 10 veces por encima de su talla, y de oro macizo, para poder magnificar el efecto de un buen ‘coscorrón’ cuando su incompetencia como maestra te privaba de comprensión. A los que tenían buen dominio de ciertas materias esto básicamente se la soplaba, pero a los que teníamos dificultades matemáticas, por ejemplo, nuestro cuero cabelludo ya estaba más pelado que un balón usado en superficies rugosas. Para apuntar los deberes que te mandaba para el día siguiente tenías que llevar un pergamino a clase. Es bien sabido que más vale hacer mucho y mal, que poco y bien, de toda la vida.

Llegabas a segunda hora ya bien calentito, pero tendrías un momento de respiro porque la señorita de inglés no llevaba anillos. Que levante la mano el que no le haya cogido asco a este puto idioma por culpa de algún maestro con poca paciencia. ¡Presente!, y tú deberías de levantarla también, porque sabes que llevo razón.

En el resto de la jornada te encontrarías con los dos más grandes ilustrados de la historia de la docencia:

El primero, el tío de tecnología; ese hombre de mediana edad que iba de enrollado y gracioso (o eso se creía él) cuyas técnicas para ‘molarle a la peña’ se limitaban a darle vueltas a un puto cartabón entre los dedos. Vamos a recrearnos un poco aquí, así que le pondremos nombre al susodicho. Llamémosle ‘Paco’ para preservar su identidad, pero que quede constancia de que se llamaba Leopoldo. Propinaba frases tan motivadoras entre sus alumnos como: ‘usted no tiene talento para nada’. Ummm, casualmente yo también estudié para maestro y esta frase creo que te la enseñan en primer año de carrera, si no me equivoco en la clase de psicología y ya muy a principio de curso. En el tema 2. Sí, acabo de comprobarlo.

La otra gran eminencia era el ‘profe de gimnasia’. Odio este sustantivo (gimnasia) al igual que la odia cualquiera que haya estudiado educación física, porque ya nadie hace gimnasia, pero casualmente tú sí que la hiciste. Gimnasia sueca pura y dura. Recuerdo que no sabía pronunciar la palabra ‘aula’ y siempre se confundía con ‘jaula’, cuando no le apetecía dar clase nos dejaba hacer lo que nos saliera de las bolas mientras, el ‘iluminado’, se iba a la cafetería a comer un plato de caldo que la cocinera estaba preparando para los compañeros que hacían uso del comedor al mediodía. Tengo una traumática imagen grabada en lo más profundo de mi subconsciente desde los 12 años, y no es otra que al individuo saliendo de la cantina hacia el patio, con un trozo de pan en la mano y una acelga colgando de su boca para decirnos sabe Dios que gilipollez. Cada vez que pienso en eso me dan arcadas, de hecho, acabo de vomitar.

Después los había intermedios: El de música sólo te tiraba tizas, que son más blanditas que los anillos (generoso detalle). La de gallego te cambiaba y traducía el nombre porque le salía de la peineta y la tutora de 3º de primaria para nada, para nada, fumaba en la puerta de la clase mientras hacías los ejercicios.

Doce años allí metido dieron para mucha observación. He de decir que no todos fueron así, también recuerdo a los buenos (los menos), pero los hubo.
Ya no voy en Primaria, tampoco en secundaria, pero estoy seguro de que queda mucho bandido por ahí suelto sin pistola ni sombrero de ‘cowboy’. Para todo aquel que esté pensando en formarse en esta profesión, recordad: Los niños no son gilipollas, son diferentes. Los anillos sólo son alhajas que adornan nuestros dedos y las tizas no saben planear. Si queréis pasar a la historia de un adulto como un buen recuerdo, actuad como un buen maestro con un niño.

Jon López

Iba para John Dillinger, pero como está feo robar me quedé en Jon López. Soy gallego, lo cual me exime de tener que describirme con claridad.